martes, 26 de febrero de 2013

Camino



Apago las luces y despacio me acerco hacia la puerta, los crujidos del parqué me acompañan en mi salida, lentamente agarro el helado pomo, abro la puerta y finalmente salgo. De nuevo oscuridad, saco los llaves del bolsillo y cierro la puerta cavilando cuantos segundos le llevaría a un ladrón forzar la cerradura ya sea con una o con dos vueltas, pulso el botón del ascensor y pienso en lo poco que me gustaría ser ese cotidiano objeto, siempre arriba o abajo, constantemente, sin respiro, ni si quiera moverse a los lados está permitido, solo arriba o abajo, en ese espacio tan reducido el ascensor es pisado, observado, mancillado, vejado, maltratado, trasteado...quizás no seamos tan distintos de los ascensores me digo mientras abro su manoseada puerta. Me cierro la chaqueta, me miro al espejo, bajo los tres pequeños escalones, giro la manecilla y salgo a la calle. Y tan pronto como piso las baldosas color aguamarina un gran soplo de aire me recibe.



Mi paso es firme y seguro como si mis piernas entrasen en un extraño modo de piloto automático, pues estas saben bien dónde se dirigen. En el bar de al lado todas las caras son conocidas, no por haber entablado una etílica conversación con sus portadores sino porque toda su vida se resume a estar plantados allí durante horas autoregandose con alcohol. Paso de largo y me dirijo hacia el borde de la acera, miro a ambos lados y rápidamente cambio de lado para continuar en dirección Norte. A mi izquierda una casa enorme se yergue esplendida. En ella se acumulaban todos los deseos de mi padre y mi madre por habitarla, deseos ya rotos por el tiempo. Como hubiera sido la vida tras esos muros, nunca lo sabré, así que la miro con cierto rencor pero a la misma vez con un sentimiento de  nostalgia. Cuantas veces cogimos los números de teléfono para ver si existía una posibilidad de cambiar, de ver la vida desde otra perspectiva y nunca pudo ser, continúo caminando y asumo la derrota. Los pétreos delfines por lo menos me acompañan en el paseo y hacen que olvide los amargos recuerdos. Al final de la calle, delante de una hermosa casa granate giro a la izquierda. Paso a paso dejo atrás mi hogar y voy llegando a mi destino, una farola sin bombilla ilumina mis pisadas, el blanco de la cal gira conmigo la esquina para afrontar una ancha e inmensa calle que llega hasta más allá de lo que mi vista alcanza. Recuerdo aquel restaurante. No puedo ni contar las veces que habré ido. Éramos cuatro, cinco quizás y aquella noche en el piso de arriba tus ojos encajaban perfectamente con todo lo demás, aunque lo demás no me importaba en absoluto. Gris, carne y amarillo estos son los colores que me guían por la premiada calle. Por fin llego a una zona despejada de casas a mi derecha, dudo si debería cruzar la calzada que se avecina a mi izquierda, que más da me digo, voy a llegar al mismo sitio, aunque mi obsesión por saber que camino llega antes me puede y en centésimas de segundo pienso toda una combinación de semáforos verdes y rojos. Sigo en línea recta cruzo la carretera y ante mi otra inmensa casa de color dorado. Parece que todas son iguales, lo único que cambia es el color, razono a la vez que acelero mi paso cuando oteo a lo lejos un atisbo de juventud. Paso entre ellos con la mirada perdida en el infinito, impasible, no hay cruce de miradas, solo indiferencia. Llego a la parte “tétrica” del recorrido, a mi espalda una bronceada mujer se asoma desde lo alto de un balcón. Lleva años meditando sobre si debería moverse o no, quizás quiera saltar empujada por el paso del tiempo y los cambios o quizás no se atreva, quizás se vea petrificada al ver la vasta construcción que emerge ante ella o quizás no le apetezca moverse por si entra corriendo en ella. Me alejo de ella por miedo de contagio y avanzo observando la fantasmagórica casa a la que me acerco. El polvo de sus cristales parece eterno y el blanco de sus muros hace tiempo que dejo de serlo. Sus persianas siempre echadas y milimétricamente moteadas vigilan a la alta mujer en un duelo continuo de inmutabilidad. Dejo atrás su cuadriculada verja y sigo a los árboles, pienso en ellos y medito sobre quien se sabe mejor el camino si ellos o yo, parece que yo porque ellos se pierden al girar a la izquierda sustituidos por una inmenso baldosado acompañado por unas altas jardineras. Ahora son palmeras las que se interponen en mi viaje. Vuelvo a cruzar la náutica calle y giro de nuevo a la izquierda. Carteles luminosos que nacen, otros que se mantienen y otros que ya ni si quieran existen como si de humanos se tratasen. Indignado viro a la derecha por última vez. Bendita y fresca calle al igual que húmeda y seca. Ya me acerco me repito, y más de cien sangrantes barrotes me saludan de nuevo, una vez más, un día más pues soy su vecino en la lejanía. Entro en el asfaltado patio, subo una pequeña rampa y ya el toldo me protege tras un largo camino.


Por fin estoy aquí, tal y como siempre. Alguna vez abrí esa puerta y pise ese suelo, muchos años atrás, como si predijera algo. Antes de llamar suspiro y me digo: cuantas veces habré hecho este camino, podría hacerlo con los ojos vendados.  Largo y cansado se hace el camino cuando tanto deseas llegar. Un camino que andaré y que seguiré andando por siempre, porque un kilómetro, diez minutos no se comparan con el primer segundo en que te veo.

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