martes, 9 de julio de 2013

Prólogo

Y como pude me fui. Abrí la puerta sin dudarlo ni un solo instante y la cerré tras de mi con un sonoro golpe. La función había terminado y el rojo telón fue echado, los actores desaparecieron y el público con enorme indiferencia y con la sensación de estar ante una gran obra mal ejecutada empezó a abandonar la sala. Salí una vez más a la oscuridad pero esta vez era ella quien se sorprendía de mi opacidad. Aceleradamente pulse aquel botón y después, la más larga de las esperas... Mi corazón se agitaba tanto como el enfermizo movimiento de mi pierna, necesitaba salir de allí, y respirar, solo respirar, y pensar, y caminar, y alejarme...Me arrojé sobre el cubículo y hundí el interruptor que me llevaba hacia abajo, ni pestañee, permanecí inmóvil hasta que el ascensor paró y como quien camina hacia la libertad agarré el pomo y sentí un suave y bochornoso soplo de aire en la cara. Miré primero a la izquierda y después a la derecha, "que más da por donde vaya si no se ni adónde voy".

Eran como el Polo Norte y el Polo Sur, los conocí hace muchos años, tantos que ya no recuerdo como eran al principio. Cuando el Sol asomaba por el Norte la Luna iluminaba al Sur, cuando la gente despertaba, el extremo opuesto dormía, y cuando uno lloraba el otro sonría. Al acuoso Norte lo rodeaban inmensos trozos de tierra tan grandes y tan solidos como continentes, mientras que al rígido sur era el inmenso océano el que lo abrazaba. Así es como lo viví yo.

Y empecé a caminar con paso calmo, tan calmo que las coloridas baldosas de mí alrededor me miraban incrédulas. Pase por delante de las plantas que se apostaban en la calle y temí girar la cabeza y ver que estas se habían marchitado. La gente caminaba alrededor de mi, de nadie, se cruzaban conmigo, con nadie, tan pronto como pude giré a la derecha, tal vez por instinto o tal vez por costumbre, y de nuevo aquel aire caliente que como manos invisibles se enganchaban a mi cuello haciendo de mi paso algo pesado y lastimoso, como un títere suspendido de cuerdas que se mecen al son del viento. Mientras caminaba mi ceño se mantenía fruncido y mi mirada perdida y desafiante, "no se puede herir a lo que ya está muerto".

Hubo un tiempo en el que ambos polos compartían el frío que proyectaban para darse calor el uno al otro. Las verdes, rojas, amarillas y violetas auroras cubrían ambos cielos y sus formas evocaban la más bella de las danzas, viajando de un lado para otro, levantando sonrisas a todo aquel que elevaba la vista hacia el infinito. Así es como era.

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