martes, 13 de agosto de 2013

Éxodo



Empapado, sentí la suave caricia del mar. No había nada más frente a mis ojos, las pequeñas olas de color azul oscuro se estrellaban contra el muelle una y otra vez. Seguí avanzando por la orilla hasta que encontré el vacío. No era mi intención dejarme caer, así que, simplemente giré a la derecha y busqué un banco entre todas aquellas palmeras. Estaba tan oscuro que solo pude cavilar la figura de los objetos a los que me acercaba. Con el dorso de la mano toque el frío asiento y caí rendido sobre él. Cerré los ojos y de inmediato los volví a abrir. El sonido provenía de mi izquierda, en forma de susurros y risas tontas y nerviosas, acerté al adivinar que dos bancos más allá  una pareja se había refugiado en la oscuridad y en la aparente soledad que transmitía aquel lugar. Y allí estábamos los tres; la felicidad, el calor, la energía, el amor, y solo a unos metros  la tristeza, el frío, el cansancio y el odio que yo desprendía.  Mire alrededor y me alejé de los enamorados y a solo unos metros y escoltado por tenues y afiladas briznas de hierba deje mi cuerpo caer sobre la dura piedra. En aquel momento no sabía en qué pensar, si en el todo o en la nada, y miré al mar, allá donde los sentidos dejan paso a la incertidumbre, a la suposición, a la imaginación. Y me empecé a preguntar a qué venía aquella huida silenciosa únicamente delatada por el cerrar de una puerta y por los gritos de llamada, a que venía aquel miedo y aquel sinsentido... La piedra relampagueaba con estallidos intermitentes de luz esmeralda y el ruido ahogaba los pensamientos a la deriva, y quizás fuera el azar o la fortuna la que hizo que en aquel momento mis ojos se fijaran en quien había al otro lado. Su voz era débil y entrecortada y las palabras desnudas transmitían miedo y preocupación.  En mi voz se distinguía la incredulidad y una tranquilidad y sensatez totalmente fingidas, yo con todo mi arsenal entre las manos, con los focos iluminando la escena y al otro lado los escudos repartidos por el suelo mostraban unas manos descubiertas. Era la voz del sufrimiento, la voz del pasado, la voz del temor, la voz de la preocupación, la voz de un hermano.
Y simplemente me levante e hice el camino de vuelta a casa.


Y camino, y aun me pregunto quién es el que escribe estas líneas tan torcidas, líneas
que a veces bajan
                              como                                                            cielo.
                                             lagrimas                           el
                                                                    hacia
                                             ojos                                       la mar
  para luego subir como


El escritor escribe líneas de gritos, de miedo, de fuego, de amenazas, líneas de rabia, y dolor, y sangre, y llanto, y celos, líneas que hablan de pasado, de amor, de muerte y de vida, pero nunca sabe cuándo poner el punto y final, ese punto que pone fin a la tragedia, el punto que hace que todas las líneas permanezcan dormidas hasta que alguien las vuelva a despertar.

Y como pude volví. Abrí la puerta con demasiadas dudas y la cerré tras de mi con un sonoro golpe. La función había terminado y el rojo telón fue echado. Y cuando el telón cae el espectador conoce y juzga la suerte o la desgracia de los personajes en escena. En la tragedia su suerte es casi siempre la peor, muchos mueren o acaban siendo destruidos. Aquel día los protagonistas de la gran obra de la vida vieron como algo moría dentro de ellos, se enfrentaban al futuro, o al destino, o a los dioses, o a todo ello pero en la gran partida de ajedrez en la que creemos ser la mano que controla el tiempo y los movimientos, a veces se nos recuerda que aunque los peones vistan otras prendas su piel siempre delata lo que son, peones y no reyes. Son los dioses los que escriben sus líneas, es el destino quien decide su futuro y cuándo es el momento para que las manecillas giren, y vuelvan a parar.

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