domingo, 14 de septiembre de 2014

La Curva

Aquel día no salió de su estudio, tampoco lo hizo el día anterior, tampoco lo hará mañana. En el centro de la pequeña sala, un lienzo semidesnudo y a su alrededor un baile de perspectivas, de gestos, de pinceladas, una lluvia de ideas y de colores, y de olores. Creía en las musas, por eso siempre dejaba la ventana abierta de par en par, y cuando entraban las pintaba y cuando se marchaban las añoraba, y más tarde las pintaba. La vida era su pincel y como no, el pincel era su vida. Lo sostenía con firme delicadeza, con tal delicada firmeza que este podía volar tan libre como para no escaparse. No importaba el color, ni la forma, ni el aspecto, de nada servía pensar en la pintura, porque una vez que apoyaba los mechones sobre la tela, la pintura era quien pensaba por él. Fue aquel día cuando lo supo, cuando supo que ya no podía volver atrás, se amontonaban los lienzos con una solo figura, una sola curva de color carbón. No sabía lo que quería hacer pero sabía que no lo estaba consiguiendo, por eso la repetía una y otra vez. Y por cada intento tres miradas y de cada mirada tres ángulos, y aquella danza parecía eterna. Y quiso recordar cómo se hacía, buscó en su infancia la figura, la técnica, pero en aquel entonces no era técnica, no era idea, era intuición, acción, despreocupación, a su curva le sobraba el peso de los años y la destreza de la experiencia, pero lo siguió intentando siempre con una ventana abierta. Desde pequeño ya pintaba como Rafael, pero era incapaz de pintar como un niño, se le iba la vida en ello. Eso era lo único que quería, pintar una curva, un trazo inexperto, imperfectamente perfecto, inocente, suave, titubeante, quería pintar el engaño, el disimulo, la falsedad, la mentira que le ayudara a ver la verdad, la vida.

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