sábado, 7 de marzo de 2015

Tierra y cemento


Recuerdo aquel momento, el sol empezaba a descender y una ligera brisa removía la tierra y se posaba en nuestros ojos. ¿Comimos aquel día? Creo que fue otro. Quizás tan solo estabas allí con tu copa en la mano y me daba rabia. Recuerdo verte y sonreír vagamente como si te hubiera conocido ayer. Entre golpes, gritos y jadeos yo te respondí vagamente como si te hubiera conocido ayer. Absoluto silencio mientras yo seguía aquel punto amarillo y de repente dije algo, no creo que lo sintiera, tal vez sí, pero eso no importaba. Como dos desconocidos que se tentaban con palabras te busque mal y te encontré peor. -Aquí no hay futuro, no sirve de nada que se esfuercen, no van a llegar a ningún lado-. Y entrecerraste los ojos y en ese momento sabía que estabas dentro. - Tienen dinero por eso están aquí, perdiendo el tiempo-. Y ahora sí que hablaba con mi corazón apuñalado, atravesado por la envidia. Las cabezas se giraron hacia nosotros y sin darme cuenta estaba gritando. Mi mirada quemaba pero ya había perdido, acto seguido me marche odiándote como si te hubiera conocido ayer. 
Pestañeo y me duelen los ojos, mi nariz gotea, humo de mi boca y las manos del color del atardecer sin sol. Mis pasos se pierden en el cemento, se posan y agarrotan como las alas de una mariposa ya cansada. Un nudo en el estómago, todo mi cuerpo se contrae y tiembla, cuando parece que se va, aquella ráfaga vuelve a arrebatarme el aliento y lo transforma en suspiro.
Y en ese momento me acordé de aquel sol que caía y de la cálida brisa marrón que nos cegaba. Y pensé en el trayecto. Siete horas en un rincón, apenas una palabra, un sonido y una música que no me pertenecían. Mis ojos no se cierran en la carretera ni en aquella habitación de hotel. La noche anterior, fría, heladora y mi cuerpo al filo de la cama. Cuando conseguí dormir ya me estaba despertando y enseguida me encontré entre todos a los que una vez llamé mal.
Leche y un yogurt, dos plátanos y en ese mismo instante el frío más salvaje. Agotado, nervioso y sin saber que hacia allí. Recordé que no iban a llegar a ningún lado estando aquí, tampoco yo. Me repetía que era imposible hacer nada en aquel lugar, en esas condiciones. Y era verdad, aunque de vez en cuando los miraba, primero de reojo, a escondidas y luego sin cesar. Los veía y me veía allí, en todo aquello, todos igual de helados, de nerviosos y todos igual de locos, como uno solo. Sabíamos que no hacíamos nada allí, a siete horas de casa, a menos quince grados, cansados, agotados, y yo cada vez entendía menos. Nos destrozaron, pero intentábamos reír, descosiendo las puntadas de nuestros labios. Al día siguiente igual, las noches en el hotel pasaban lentas y la mente se entumecía, y del pecho a los brazos. Y tras incontables momentos todo acabo. Y otra vez las siete horas, la música, el silencio... Cuando por fin llegué  lo añoré  y pensé en el esfuerzo, en el futuro, en el cemento, en el frío, en la tierra, en el sol y en aquella persona que creí conocer, ayer.

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