lunes, 2 de marzo de 2015

El Jarrón


Cada día que pasaba frente a aquella tienda de antigüedades miraba el escaparate buscando siempre aquel jarrón, no era un simple objeto, se sentía atraído, atado a él, era amor. Cuando acababa de perderse en sus colores su mano se perdía en el fondo vacío de sus bolsillos, volvía a mirar el jarrón y se marchaba con paso lento, cabizbajo y pensando en su suerte y su jarrón. Al día siguiente de todos los días volvía, se enamoraba, buscaba en sus bolsillos y lento y con la mirada al suelo y la mente en el jarrón se iba. Un buen día, quizás de Enero, no lo vio y su corazón se paró por un momento como sus ojos en el hueco ausente del jarrón. Pétreo, inmóvil cual jarrón no se movió hasta que el toldo bajó, y más lento y más cabizbajo que nunca volvió. Al llegar a casa se lo encontró allí, en aquella mesa, y ni siquiera preguntó, ya que sus ojos se perdieron en los colores del jarrón. Nada podía hacerle más feliz que aquello, le hablaba y le sonreía, le quería, se querían, y día tras día cuando volvía ya no se paraba en aquella tienda de antigüedades, ni metía sus manos en el fondo vacío de sus bolsillos, porque sabía que en su casa le estaría esperando su jarrón. 

Cada día que pasaba frente aquella mesa blanca de madera miraba buscando siempre a su amor, aquel jarrón. Sonreía y sus manos perdidas en el fondo vacío de sus bolsillos salían y acariciaban la suave y fría piel de su amor y después se marchaba con paso lento radiante, pensando en su suerte y su jarrón. Al día siguiente de todos los días llegaba y se enamoraba, así día tras día, hasta que un buen día, de no sabemos cuándo, se fijó en el jarrón y ya no le pareció el mismo. Los colores parecían apagarse, su piel se agrietaba y ya no era capaz de articularle ninguna palabra. A veces, volvía y ni se detenía, sino que se iba con sus manos acariciando el fondo vacío de sus bolsillos. En otras ocasiones volvía y se sumergía en sus colores y su fría piel y allí se quedaba, pétreo, inmóvil como un jarrón, mirando a su amor, le besaba y más tarde se marchaba, como sucedía en aquellos días.

Cada día que pasaba frente aquel jarrón, su amor, sus manos salían del fondo vacío de sus bolsillos, y según el día lo estrangularía o lo amaría. Según el día le hablaría y le contaría, o quizás solo lo insultaría y se marcharía, según el día. Y uno de esos días el jarrón, su amor, cayó, lo oyó y con paso lento y contrariado miró y no lo vio y su corazón se paró como sus ojos en el hueco ausente del jarrón. ¡Bien!- pensó y enseguida se acordó de cómo se perdía en sus colores, su piel y su voz, y lloró y no quiso mirar al suelo donde estaría su jarrón, añicos sería lo que quedaría de su amor, y de su jarrón. Pero entre la alegría y la pena buscó y encontró solo dos grandes trozos, eran el jarrón y su amor. Nadie sabe si lo pegó o lo tiró, eso solo lo sabe el tiempo, el jarrón, y su amor.

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