sábado, 25 de abril de 2015

Para ti


Esta era una historia de aviones, de minutos que no pasaban, del desgaste de un viaje de vuelta. Era una historia que intentaba sonar a Cortázar o a Borges. Al final acabó en ti.

Aquella noche, ella, el ángel sin alas y la mujer alada conducían en el silencio.
La Luna dorada pendía resquebrajada en un fondo azabache, impoluto. Desde la ventana se distinguían las montañas y el mar. Él miraba al infinito rodeado de despedidas, y por cada rostro y por cada palabra que recordaba tres lágrimas asomaban en su ojo derecho y una en su ojo izquierdo, resistiéndose a que las vieran. Y pasaron los minutos, los kilómetros, y el llanto se convertía en gemido mudo, en quejidos silenciosos. Y uno, solo uno de ellos escapó a la quietud y bastó para que ella girase su cabeza hacia él. Con una mueca de pena le limpio las lágrimas y le cogió la mano temblorosa. Ya no había nada que esconder, esa mano era todo lo que él necesitaba, no hubo ni un murmullo ni una palabra, solo el sollozo mudo mientras ella conducía en el silencio con la Luna dorada sobre fondo azabache.
Una vez se detuvo el coche se miraron un segundo y enseguida él apartó la vista y se secó el rostro. Cuando se bajaron las estrellas seguían en el mismo sitio, abrió la puerta de fuera y la dejo como había estado minutos antes. Las hojas secas y la revista descolorida seguían adornando la terraza, como si les esperaran, segundos después la puerta principal se abrió y se encerraron dentro.
Normalmente ella no adornaría la habitación con aquellas velas olor manzana ni prepararía aquella cena, pero para ellos, para él, la ocasión lo merecía. Minutos más tarde el mantel fue salpicado de blanco pero esa noche por primera vez no hicieron el amor. En cambio se tumbaron en el sofá, gustándose, mirándose, besándose y acariciándose. 
Él sobre todo lloraba en su hombro y ella se hacía la fuerte y sonreía, por cumplir, hasta que llego un punto que ella no supo fingir y sus lágrimas se derramaron también. 
Y quizás fuera esa fragilidad, ese llegar al extremo lo que los hacia estar allí abrazados, o quizás fuera el saber que no estaban bien y que necesitaban precisamente aquello, o quizás lloraban por lo desconocido, o quizás fue que él olvido si sus ojos eran verdes o azules. Sin embargo, cuando la vio allí besando las lágrimas que le recorrían el rostro no pudo sentir nada más que algo que creía olvidado.

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