viernes, 9 de febrero de 2018

#2

Fueron dos segundos, el primero abrió la puerta del coche y el restante me hundió en tu mirada, en esos ojos azules que me sabían a mar y a juventud.  Me gustaba ver tu pelo al viento, imaginar que de cada una de las brisas que entraban en tu cabello salían pequeños tornados que me arrastraban irremediablemente hacia ti. Y una vez allí, con mis ojos pegados a tu piel, contar los lunares, como quien cuenta granos de arena. Tú me miraste, con el rayo, como absorta, como si ahora supieras de tierra, de agua y aire y cuando creíste caer, flotaste y te revolviste rompiendo así el hechizo, tarde, seguramente, por el destello que se sucedía tras cada uno de tus pestañeos. Unos dedos me guiaron hacia la multitud, y otros me dieron algo de beber. No me gustaban las fiestas, demasiada gente, demasiado alcohol. Allí todos somos licántropos guiados por diferentes lunas, esperando inconscientemente el momento en el que cruzamos el límite y nos transformamos. La noche nos confunde y acelera la verdad, nos enseña quienes somos. "Máximo cuatro horas y fuera"- me había prometido - "hoy no tengo ganas de aullar".
Una eternidad parecía haber pasado, en minutos el viento había dejado su lugar al frío y yo había repetido tantas veces mi nombre que ya ni me importaba si decía otro distinto. Tal vez un personaje diferente, un tal Julio, Ethan o John mostrarían más interés que mi verdadero yo. Íbamos como rotando en círculos manteniendo siempre esa liturgia ancestral: estrechar manos, presentarse, beber, conversación redundante, repetir los dos últimos puntos y fría despedida. Era una ruleta rusa y tenía la sensación de que el tambor del revolver estaba repleto de huecos, de momentos para salvarse, de decenas de caras y cientos de cosas que olvidar, cuando yo solo esperaba tú bala directa a mi cabeza. 
Pero era un encuentro inevitable, ambos estábamos bajo el influjo de la noche, compartiendo un aroma divino, un rastro animal que nos unía e identificaba. Solo fue cuestión de esperar, la sed nos había reunido junto a las bebidas y ya en apenas dos metros sentí que un nuevo universo emergía alrededor de nosotros. Éramos como dos briznas de hierba en un mar de nieve, la una frente a la otra, todo en silencio, estudiando el que decir pero sin decir nada, no lo necesitábamos, lo sabíamos todo pero compartíamos el miedo de que las palabras que guardábamos en nuestra mente se tornaran cuchillas al rozar los labios. Nada ni nadie podía salvarnos, lo demás ya no era suficiente. 
Marcados por el mágico destello de la Luna una nueva noche se precipitaba. El detonante: el roce de una mano. Fue algo sutil, inesperado, yo solo te devolví el vaso lleno y tú, en un movimiento de súbita alevosía dibujaste con tu dedo una línea invisible a lo largo de mi pulgar. Sentí el sobresalto, el golpe plano de mi corazón contra el pecho, te agarre la mano, me acerque a ti y antes de que pudiera hacer nada me susurraste: "aullemos, antes de que el día nos atrape".
Oí los chasquidos de nuestros pies acelerados contra el suelo mojado, el golpe seco de la chapa en tu espalda y más tarde, bebí el sabor del óxido en tu cuello. Mis manos, que antes andaban comprimiendo el espacio de tu cintura, parecían más largas y afiladas, se retorcían, y ahora subían por tu nuca hasta perderse en tu cabello. Te agarré con fuerza, para que no te escaparas y te volví a besar en los labios, la vida entre dos besos, y en uno de esos me encontré con tu mentón y con unos brazos que, sobre mi pecho, pedían una tregua. Di un paso atrás, me tomaste la mano, y antes de que echaras de nuevo a andar de tus ojos se escapó otra de esas miradas eternas, cautivadora pero está vez eclipsada por un brevísimo lapso de temor. Cruzamos el puente y giramos a la izquierda, no había ni un alma en la calle y pronto el asfalto se volvió empedrado con olor a hierba mojada. Parados frente a tu casa sacaste de debajo del felpudo una pequeña llave y tan pronto como cruzamos el umbral tu temor se había convertido en temeridad. Dentro, la música sonaba extrañamente alta y sus ondas parecían extenderse hasta el límite de un amplio salón donde solo destacaba el sofá azul del fondo. El parqué crujía y se ensuciaba con las prendas que íbamos dejando caer. Una camisa, unas botas, un vestido, unos zapatos que se derrumbaban al vacío en segundos y un siglo de roces hasta encontrar la siguiente en desplomarse. Marcamos toda la habitación, nos besamos y acariciamos en cada uno de los rincones, dejamos las huellas en la escena del crimen sin que nos importara, y ya, sin nada que perder, terminamos por hundirnos en aquella tela azul celeste. La oscuridad se precipitaba una vez más, como tu cuerpo desnudo sobre el mío. Desde el principio no hubo pausa o vacilación, ambos sabíamos que empezaba una noche señalada por violentas arremetidas y gritos ahogados. Tu pecho vibraba y el sudor caía y abrasaba la piel, mis dedos habían empezado a dibujar lentamente el trazo de tu columna pero ahora arañaban toda la espalda hasta abajo, con violencia, con saña. Tus manos se hundían en mi vientre, en mi cuello, en mi boca mientras me mordías los labios y el cuello. Yo volteé la cabeza hacia el muro blanco de la derecha y vi a nuestras sombras entrelazadas deformarse en cada envite, volviéndose extrañamente alargadas, fuertes, musculosas, feroces. Un cambio en el sonido de tu aliento hizo que volviera la vista hacia ti y fui sorprendido por tu cara desencajada, casi inhumana con tus ojos fijos en los míos. Acto seguido, un gemido se te escapo de lo más profundo de tu ser y como si de una señal se tratase aceleraste con una fuerza sobrehumana. Mis manos resbalaban por todo tu cuerpo y empecé a sentir tus latidos junto con los míos. Para entonces, los gemidos eran ya gritos, cerré los ojos, te agarre de la cintura y ambos aullamos al unísono en un alarido que pareció eterno. Después: alivio y silencio. 

Diez días parecían haber pasado, nos encontrábamos desnudos, envueltos únicamente por aquella música que seguía demasiado alta. Yo miraba al techo, a los colores rojo y azul de las luces de navidad que decoraban el salón. La Luna hacia mucho que no proyectaba sus rayos sobre el suelo de la habitación y la oscuridad era total en esos instantes antes del alba. Tú te incorporaste sin decir nada y yo te seguí. A tientas buscamos mis piezas de ropa diseminadas por la madera y minutos más tarde yo estaba vestido y bajando el escalón que daba a la calle. Hacía frío y el cielo empezó a tornarse del color del amanecer, ese que me recordaba a tus ojos y a la funda del sofá. Cuando abrí la puerta de mi apartamento percibí que mis manos habían vuelto a la normalidad, me tumbé en la cama y no tardé en dormirme pese a esa sensación de extraña ambigüedad. Teníamos una promesa hecha, estábamos enamorados, pero nada podría reemplazar aquella sensación. Habíamos sido tentados por la manzana y clavamos nuestros colmillos en ella con deseo, pasión y gemidos. Porque nada ni nadie podía salvarnos después de haber compartido en una noche tantos latidos distintos.  

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